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Plenilunio de Tauro: La Perennidad de lo Divino por Dra. Luisa Romero de Johnston |
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El
Universo es creaci�n, la actividad de una entidad magn�fica, que crea
de S� misma y en S� misma; actividad constante de la que participa
todo lo que existe. En
alg�n instante, m�gico, maravilloso, una potencialidad suprema inici�
la acci�n que hab�a de manifestarse en algo que, a falta de mejor
nombre, es llamado Universo. Ese
primer impulso, se vi� multiplicado al infinito en un alarde de
potencialidad inagotable, que se plasma en permanente creaci�n y de la
cual participa todo lo creado. As� un �tomo, un hombre o una galaxia,
crean constantemente, cada uno en su esfera de acci�n, manteniendo la
presencia y la continuidad de la Vida y de acuerdo a la capacidad que le
confiere su posici�n en la escala del proceso existencial. De este modo,
cada parte contribuye al Todo y, oportunamente, en cumplimiento de la
Ley, puede reintegrarse a �l. La
asimilaci�n de estos conceptos nos lleva a comprender el principio b�sico:
�Dios � el Creador � est� en todas partes y no existe nada fuera
de �l,� e ilumina nuestra reflexi�n sobre la promesa que encierra la
nota-clave: �La divinidad del hombre siempre surge triunfante del caos
de sus propias creaciones.� Pero,
adem�s, esta nota-clave nos habla de un concepto fundamental sin el
cual no puede concebirse lo Eterno, aquello que constantemente Se crea s
S� mismo: la condici�n de incorruptibilidad inherente a lo
divino. Nos
habla de la esencia, el �c�digo gen�tico� espiritual,
permaneciendo fiel a S� mismo, igual a S� mismo, saliendo inc�lumne
de la experiencia de su �inmersi�n� en la materia densa. Lo sutil
rescat�ndose de entre el caos de lo opuesto, venciendo el duro paso de
su materializaci�n. Si
reflexionamos sobre c�mo puede lo sutil hacerse denso sin perder su
propia condici�n, tendremos que concluir reconociendo que �sto solo es
posible porque lo denso es una modalidad, una representaci�n � aunque
imperfecta � de aquello que se expresa en �l. Lo divino es la Vida
que anima todo sin perder su pureza, y as�, al animar a la materia,
reserva para S�, Su condici�n inmaterial. Esta
cualidad de pureza, de fidelidad a Su propia esencia, de inmutabilidad
que resiste a la diversidad de expresi�n, es la garant�a de que todo
retorna al Or�gen, de la reunificaci�n de la diversidad en la Unidad.
Por eso, el hombre, como ser �creado a im�gen y semejanza de Dios,�
guarda en s� la potencialidad de trascender su estado inferior y
alcanzar aquello que le corresponde por herencia y por Ley. Sin
embargo, el proceso entra�a un cont�nuo y grande esfuerzo, pues el
hombre est� marcado por las huellas del proceso involutivo, en el cual
lo puro-espiritual qued� velado en la forma; y ahora, debe construir el
camino de retorno invirtiendo el proceso, creando condiciones de tensi�n
ascendente, que propicien estados vibratorios capaces de asimilarse a
los prototipos ya existentes, en la l�nea de secuencia evolutiva que la
humanidad, como un todo, tiene que seguir para recuperar su estado
espiritual original. Tenemos,
pues, a un hijo de Dios, tratando de llegar a ser igual al Padre porque
tal es el mandato divino; enfrentado a las limitaciones de su condici�n
inferior, inmerso en la obscuridad de su ignorancia, prisionero de su
propia peque�ez y v�ctima de condiciones conformadas al paso de eones
de acci�n involutiva. La ca�da del Esp�ritu en la materia, la llamada �materializaci�n de la M�nada,� ha ocultado la Chispa Divina en la obscuridad de lo denso. As�, ocurre un debilitamiento del impacto estimulante que la M�nada ejerce en Su esfera de acci�n. Lo espiritual se limita a S� mismo en la materia, con lo que disminuye la capacidad de acci�n y relaci�n de todo lo que recibe Su influencia: el Alma � lo espiritual encarnado � se ve envuelta en formas inferiores que comprometen Su capacidad de autoidentificaci�n y distorcionan su funci�n iluminadora, y la materia es circunscrita a su entorno, incapaz de llegar a lo sutil. El
hombre es presa del enga�o de lo irreal, de aquello que la ciencia esot�rica
denomina Ilusi�n-Espejismo-Maya, y que es el resultado de la actividad
de toda expresi�n imperfecta del Yo superior, tr�tese del hombre mismo,
de su entorno o del mundo en el que se mueve. Dolorosamente, �sto
incluye tambi�n al Alma en la etapa inicial de Su experiencia como Hijo
de Dios encarnado, porque la encarnaci�n distorciona fuertemente las
cualidades divinas del Alma en S�, aunque tambi�n sea el medio por el
cual la materia puede ser redimida y el Alma enriquecida en la
experiencia. En
estas condiciones, el ser humano � ineludiblemente y en obediencia a
la Ley � un creador, solo es capaz de expresar valores inferiores con
su carga de ignorancia, incapacidad e inexperiencia. Crea en form
equivocada, en tono menor, de manera inarm�nica contraria al Orden y a
las Leyes; produce resultados desastrosos y pone en marcha efectos que
se vuelven contra �l. Pero,
sabia es la Ley y grande la bondad divina; por multiples mecanismos de
est�mulo que juegan dentro del orden divino y entre los cuales el
dolor tiene lugar prominente, se va produciendo una revisi�n, una
rectificaci�n de conducta que, paulatinamente, ha de conducir hacia el
camino de retorno. Bien
dice la ense�anza esot�rica citada por el Maestro Djwhal Khul en su
libro Espejismo (Edit. Fund. Lucis, Buenos Aires, p. 155): �el
hombre s�lo llega a ser consciente de la Realidad cuando ha destru�do
lo que �l mismo ha creado.� Amarga
experiencia: Desandar
lo andado Hallar
s�lo sombras M�s,
ahora ha llegado el momento de la rectificaci�n, el tiempo de callar y
de saber escuchar. Ocurre, entonces, un reordenamiento de los
componentes fundamentales: la forma � la personalidad � trabajando
para su espiritualizaci�n se va haciendo sensible al llamado del Alma,
y Esta va recuperando Su potencialidad espiritual con la consiguiente
influencia en el ser inferior. Se crea una relaci�n arm�nica, fluida,
que paulatinamente facilita el regreso a la condici�n original, la
aproximaci�n y retorno a la condici�n espiritual pura de la cual se
hab�a partido. En todo este proceso � involuci�n-evoluci�n, sutilizaci�n-condensaci�n, sonido y silencio � nunca ha dejado de existir la continuidad del �hilo dorado� de la esencia espiritual. Ella es la potencialidad detr�s de todo, la Vida que anima el proceso de ida y retorno, la intenci�n detr�s de la expression y la abstracci�n. La garant�a de que nuestro viaje a trav�s del Cosmos � por muy dilatado, dif�cil o complicado que nos parezca � tendr� el justo final que corresponde a todo hijo de Dios. |
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